[Fanfic] Los monstruos sabrán entenderlo I


Titulo:Los Monstruos sabrán entenderlo 1
Autor:Summerrain
E-Mail:summerraink@gmail.com
Rating:NR-13
Categoria:MSR
Spoilers:Per manum y varios leves hasta la séptima temporada.
Keywords:-
Summary:Este fic está inspirado en las palabras de la tabla 30 días de la comunidad 30vicios . Ninguna intención de apropiación y no gano dinero con esto.
Toda crítica será bienvenida.

Mulder, Scully y otros personajes nombrados no me pertenecen, son propiedad de Chris Carter, 1013 y Fox.

LOS MONSTRUOS SABRÁN ENTENDERLO

1.-DE AHORA EN ADELANTE HARÉ ESTAS ESTUPIDECES SOLO

“Está helada” fue lo que pensé al volverme hacia ti en aquella estación de tren en New Hampshire. Mirabas las vías negando con la cabeza, tratando de disimular el castañeteo de dientes y el enfado. Más lo primero.

Atardecía, acababan de encender las luces. Brillaba el hielo bajo tus zapatos de tacón. Una suela minúscula y unas medias finas.

Quise enfadarme contigo por llevar esos zapatos. Quise acercarme y preguntarte si, los ocho centímetros de tacón, servían para mantener medio pie caliente o sólo eran consecuencia de algún estúpido complejo por ser baja. Y que me partieses la cara. Por arrastrarte hasta allí en sábado, para coger un tren con un vagón encantado.

Para colmo, habíamos perdido el tren porque yo me equivoqué en un cruce.

No, “vagón encantado” no fueron las palabras que utilicé para convencerte. No recuerdo cuáles fueron. Probablemente ya no las recordaba entonces.

Me miraste por un momento, con odio, soltaste una risa sarcástica y volviste a negar con la cabeza. “Última vez, Mulder”, no era difícil adivinar lo que pensabas. Ni siquiera adivinar que no lo decías para no tener que fallar a tu palabra.

Quise acercarme, recorrer los diez metros de copos de nieve que nos separaban, poner las manos en tus mejillas heladas y decirlo: De ahora en adelante haré estas estupideces solo.

Pero no quería faltar a mi palabra.

Así que caminé hacia ti, sin mirarte.

-Te invito a cenar, Scully. Sopa caliente…o lo que quieras,…o lo que pongan en la primera cafetería que encontremos.

Un poco menos de odio en la mirada, una risa menos sarcástica.

-Ya te vale, Mulder. Ya te vale.

2.-SOÑABA QUE TE HABÍAS IDO

Era un sueño en blanco y negro, un sueño gris.

Aunque estaba relacionado con tu abducción, empecé a soñarlo años después. Sí, definitivamente después de lo de la Antártida. Quizá en parte por aquella vez que apareciste en mi casa, justo antes de que ocurriese, para decirme que lo dejabas.

Se repitió durante meses. De hecho, nunca he llegado a pensar que me había librado de él.

El sueño comenzaba conmigo despertándome, sin saber qué hora era o dónde estaba, después de haber soñado contigo. Veía las sábanas grises, las paredes grises. Tomaba consciencia de estar en tu habitación y, a la vez, de que no estabas allí, hacía mucho tiempo, como si hubieses desaparecido para siempre. Una sensación de culpa y vacío insoportable me dominaba. Intentaba volver a quedarme dormido, volver al sueño que no podía recordar, pero en el que te sentía.

Era incapaz.

Me levantaba e iba a la mesa de tu cocina, invariablemente gris. Sobre ella estaba el dossier de tu abducción. Lo abría, sabiendo que no había nada que no hubiese investigado ya, nada que hacer. Para mi sorpresa, en el interior del dossier no había datos, fotos ni declaraciones, sino cartas tuyas.

Reconocía tu letra pero no lograba entenderla. Una y otra vez, cada vez que tuve el sueño, pensaba en ese instante si sería posible dejar de entender una letra conocida. Y eso me sacaba del sueño, me daba esperanza: era un sinsentido que implicaba que aquello no era real.

Suspiraba, cerraba los ojos y me decía “Sólo es un sueño. No pasa nada”.

Al volver a abrirlos, sin embargo, la ilusión se rompía. Al volver a abrirlos entendía tu letra, intentaba evitarlo pero la entendía.

Aunque sólo fuese la última frase de cada carta.

Un repetido: Adiós Mulder. He dejado de existir.

Me despertaba, justo antes de echarme a llorar, llorando.

A veces te llamaba por teléfono.

Tú siempre contestabas.

3.-DÍ QUE NUNCA DESAPARECERÁ

La primera vez que hicimos el amor había una luz preciosa.

Sí, el motel era horrible, la habitación daba asco pero había una luz preciosa.

O quizá no, pero yo lo recuerdo así.

Hay…montones de cosas que nunca te he dicho sobre aquel día, aquellas horas, que quizá debería haberte dicho y quizá sea mucho mejor que no. Sobre dudas y miedos, alguna que otra mala interpretación con maravillosas consecuencias y… muchas cosas. Pero está esto.

Lo primero que…Cuando…, cuando fui capaz de abrir los ojos después de que ocurriese, había una luz preciosa y tú me mirabas sonriendo.

Lo de esa sonrisa es lo que quería contarte. Tú me mirabas sonriendo, como si te sintieses…muy feliz, y yo me quedé, supongo que pareciendo un imbécil, me quedé mirándote a la espera. A la espera de que…No sé exactamente lo que pensé, pero a la espera de algo así como que el “halo” del orgasmo se esfumase y dejases de sonreír. Que empezases a hablar de cosas que pasan, de que estuvo bien pero, de situaciones que nos llevan a. Que hablases con condescendencia, racional, lógica. Me quedé como un imbécil, muerto de miedo, a la espera de que algo se rompiese.

Sin entender que lo estaba rompiendo yo.

Cuando dejaste de sonreír fue para mirarme con miedo, ese mismo miedo, supongo. Pero fuiste lo bastante fuerte para no hacerte la fuerte. Ni siquiera disimulaste, sólo preguntaste “¿Qué?”

Por suerte no fui tan imbécil como para decirte lo que estaba pensando. Ahora entiendo que te habría hecho daño. Mucho daño.

Sólo sonreí, te abracé y se me escapó un “Di que no desaparecerá”

-¿El qué, Mulder? ¿Desaparecer?

Mentí. Me costó. Tanto mentir como decir algo así. Pero parecía la mejor opción.

-Nada, olvídalo… Me refería a…sentirme tan bien como me siento ahora.

Vale, Scully, perdóname por esto, pero fue más difícil decir algo así que mentirte.

Tú te reíste, pediste perdón por reírte, yo quise que me tragase la tierra, tú me besaste.

Y volviste a sonreír.

“Di que nunca desaparecerá esa sonrisa de afirmación tras haber hecho el amor conmigo”

Esa era la frase. Supongo que debí decírtelo, no la historia completa, sólo esa frase.

Creo que lo hubieses entendido. Creo que deberías saber hasta qué punto me…llenaba esa sonrisa. Todas y cada una de las veces.

4.-DE PORQUÉ HAY MANOS FRÍAS Y MANOS CALIENTES

Siempre tenías las manos calientes. No recuerdo la primera vez que me fijé. Es como algo que siempre he sabido de ti: que eras una persona de manos calientes.

Yo soy de manos frías.

Sí recuerdo alguna conversación lánguida, de esas que llenaban las madrugadas largas y frías, sobre ello. Bromeaba diciendo que no tenía sentido y era injusto que tú siempre las tuvieses calientes y yo siempre frías, como una maldición. Contestabas: “Hay personas de manos calientes y personas de manos frías, Mulder, y eso es todo. Tiene explicación científica, es larga y aburrida. Será injusto, pero si eres persona de manos frías, lo serás siempre.” Y te encogías de hombros con una sonrisa mirando mis manos, medio escondidas bajo el borde de la manga, heladas.

Miraba las tuyas. Daba igual que acabases de escarbar en la nieve, incluso aunque se te pusiesen rojas, siempre calientes.

Cuando hacía frío de verdad, se me caían las cosas. Odiaba los guantes además: No se puede sentir nada con ellos, pero es que ni siquiera me las calentaban.

Metía las manos hasta el fondo de los bolsillos, apretándolas contra el cuerpo.

A veces te daba pena y me las calentabas. Sin decir nada, sólo a veces, cuando estábamos solos en el coche y las frotaba, tú las cogías. Decías: “Así no te las vas a lograr calentar”. Mantenías entre tus manos una, después la otra, les echabas el aliento. Yo pensaba “Así tampoco: Ese calor desaparece en cuanto las sueltas.”

Entonces me daba cuenta de que tú no podías saber eso, porque no eras una persona de manos frías. Y me lo callaba.

Me contagiabas el calor, te contagiaba el frío, pero en cuanto soltabas mis manos ambos volvíamos a nuestro estado natural. Mirando hacia afuera, evitando tocarnos.

En esos momentos pensaba que sí tiene sentido que existan personas de manos calientes y personas de manos frías.

5.-DE ESOS CINCO MINUTOS

Nunca eran cinco minutos. Nunca. Podían ser diez, quince, veinte… Pero siempre empezaban con esas palabras: “Estoy en cinco minutos”.

Al principio te esperaba cortésmente en el coche o en el vestíbulo. Luego en la puerta, llamando con los nudillos de vez en cuando.

-Scully, han pasado cinco minutos.

-Sólo cinco minutos más.

Con el tiempo, pasé a esperarte dentro de tu habitación. Primero junto a la puerta, casi tenso y sintiéndome intruso; más tarde sentado en el sillón, mirando a la ventana, quejándome del retraso. Al final solía tumbarme en la cama, hablar del tiempo, contarte lo que había soñado, guardar en tu maletín los papeles que tenías que llevar,…

Supongo que por no aburrirme y con la excusa de hablar de lo que haríamos mientras acababas de prepararte. Así los largos cinco minutos no se hacían tan largos y parecían aprovechados.

A veces te quejabas, un tenso:

-Mulder, ¿por qué no me esperas, no sé, en cualquier otro lugar, donde no pueda verte?

-Porque sé que tardarías más.

Mentira.

Estaba ahí para hacerte sentir culpable por tardar, para fastidiarte, porque nos retrasábamos por tu culpa y consideraba que merecías aguantarme por ese motivo.

Mentira.

Estaba ahí porque era divertido, por la tensión con que reaccionabas, porque me gustaba ponerte nerviosa.

Mentira.

Estaba ahí por curiosidad, para ver de qué iban tus cosas, la maleta abierta, y las medias a elegir, y los zapatos que no combinaban tirados por el suelo, y la bolsa de maquillaje llena de tubos. Para cotillear estaba ahí.

Mentira.

Estaba ahí para ver cómo eras cinco minutos antes de considerar que estabas preparada para salir a la calle. Para ver lo que nadie más veía. Estaba ahí por las ojeras y los horribles salvamedias, por la falda aún torcida y el pelo aún revuelto, por las mejillas antes del colorete y el perfume vaporizado bajo el que hacías ese tonto baile.

Estaba ahí para verte cuando no querías que nadie te viese. Estaba ahí para verte tal como eres, cinco minutos antes de estar preparada.

6.-DE LAS OPCIONES QUE SE VUELVEN RACIONALES

Estabas algo borracha, y me decías “Tu mente es como el desafío al sentido común. Más. Es como la excepción a la regla o… el elemento que equilibra el universo para que no sea totalmente lógico. Un ying para el yang”

Bueno, quizá estabas definitivamente borracha. Pero no estoy muy seguro porque yo también lo estaba. Quizá ni siquiera dijiste eso. Sólo recuerdo claramente que nombraste el ying y el yang, y el sentido común, por supuesto.

Nos habíamos parado en uno de esos locales de carretera donde alquilan habitaciones, demasiado cansados tras otro viaje siguiendo pistas que no llevaron a ninguna parte, desechada la idea de volver a Washington de una tirada. Un viaje extraño o como tantos otros.

Habías estado hablando de…parar el coche, vivir, tener una vida, casas con jardín y niños. Yo te decía que me gustaba mi vida, pero era esa época en que hacíamos trabajos basura, los expedientes x parecían enterrados para siempre y manteníamos la lucha en escapadas que sabían a rebeldía infantil. Incluso a mí. Era consciente de que lo lógico, lo que el sentido común dictaba, era dejarlo. Quizá no del todo, quizá sólo cambiar el modo, investigación documental, escribir… Dejar las escapadas en coche al otro lado del país tras una pista. Dar ese paso.

Pero sentía que, el que tú te lo planteases, deshacía mi suelo para dar ese paso.

Era una época extraña y solíamos hacer eso: Sentarnos a hablar con una cerveza cuando estábamos cansados, hasta estar agotados, borrando el tiempo de pensar con coherencia. “Esto se está volviendo un lugar común”, pensaba yo, mientras tú sonreías demasiado y bromeabas sobre mí.

Tu sonrisa y el alcohol separaban mis pies del suelo, esa era la sensación, como alas para decir simplemente lo que pensaba: Que si tú abandonabas todo estaba perdido, que lo que fuese tenía que ser juntos.

-Tú y yo nos complementamos. Y que diga eso significa que el sentido común sí tiene un lugar en mi mente. Y bien aprovechado, que es lo que importa.

Me miraste con extrañeza. Tu conversación era un juego y yo acababa de subir la apuesta al nivel de realidad. Miraste hacia otro lado, hiciste una mueca de sonrisa. Parecías cansada, ya era sueño más que alcohol lo que pesaba en tus párpados. Susurraste algo así como…

-Hasta cuándo va a durar esto, Mulder.

Y sé que lo lógico es y era pensar que hablabas de los viajes de madrugada, de seguir empeñándonos en investigar por nuestra cuenta, o incluso de las conversaciones eternas acompañadas de alcohol. Pero también creo que es lógico que no pensase eso.

Nunca te he dicho que aquella fue la primera noche en que realmente me costó no entrar en tu habitación tras de ti. La primera en que me pareció la opción más racional. Me acosté solo, sin embargo, y quise pensar que todo era culpa del alcohol.

Las ilusiones se crean para arroparnos cuando la razón da miedo.

Puro sentido común.

7.-DE LLEVARTE AL FIN DEL MUNDO

Estábamos en una cafetería Starbucks, en Seattle. Recuerdo que mirabas a través de la ventana la aguja espacial. Era primera hora de la mañana, el caso estaba cerrado, el avión salía en unas horas. No sé de qué estábamos hablando antes de que dijeses eso. Sólo tengo la sensación de que salió de la nada.

-Nunca vemos los monumentos, Mulder. ¿Por qué nunca vemos los monumentos?-Apenas maquillada, la barbilla sobre la palma de la mano y una especie de puchero-¿Por qué?

Me encogí de hombros.

-¿Quieres ir a ver la aguja espacial?

-No. Sólo pensaba que nunca vemos los monumentos y eso es como triste.

Me miraste sonriendo, como si fueses a contarme un chiste que no estabas segura de que tuviese gracia, y continuaste con voz lenta y quejicosa.

-Estoy segura de haber estado en todas las ciudades del país, en todas las capitales de estado. En realidad, a veces creo que hemos estado en todos los pueblos del país. Pero nunca vemos los monumentos, ni las grandes avenidas comerciales, ni los barrios por los que pasea la gente agradable, ni las playas, ni los puertos pequeñitos con barquitas, ni nada. Creo que algunas ciudades ni las he visto de día. Todo son siempre oficinas del FBI, y comisarías, y barrios bajos, y almacenes, y alcantarillas; donde conocer a sheriffs, y maleantes, y personas que se comen a otras personas y fantasmas… Es muy triste.

-Así que consideras que has visto realmente fantasmas.

-Muy bien, Mulder-reíste,-veo que sigues mi línea de pensamiento.

-Vale, seguiré tu línea de pensamiento. No siempre es así. A veces sí que…vemos cosas. Vemos…muchos paisajes, ¿qué hay de los grandiosos bosques que…?

-Perdóname si le tengo un poco de manía a los bosques a estas alturas.

-…A veces conocemos a personas agradables.

Reíste de nuevo.

-Por Dios, Mulder, la última vez que me dejaste a solas con una “persona” agradable intentó chuparme la sangre.

-Lo hice con buena intención. Y lo sabes.

Hiciste una mueca irónica y volviste a mirar a la calle. Una calle normal, bonita, con gente que paseaba tranquila. Un lugar agradable, por el que estábamos tan sólo de paso, a la espera de volver al trabajo.

Entendía tu línea de pensamiento. No era igual para mí, pero lo entendía.

-Están las vacaciones, Scully.

-En vacaciones siempre estoy tan cansada que…prefiero un pueblo tranquilo, con mar de verdad, que quedarme mirando por horas. Puertos pequeños, a la luz del día, buen pescado en restaurantes… Como cuando era pequeña. Supongo que por eso.-Sonreíste de nuevo.-De pequeña soñaba con viajar alrededor del mundo, en barco. Ir hasta el fin del mundo y volver.

Esperé a que continuases, pero no lo hiciste. Te quedaste mirando la aguja espacial, inexpresiva, como si nada de lo que hubieses dicho importase demasiado. Como si en realidad no te pareciese tan triste como habías dicho al principio.

Sin embargo, a mí me había puesto realmente triste.

-¿Nos vamos?

Mientras te seguía hacia la puerta lo pensé: El fin del mundo estaba cerca de casa: Un pequeño lugar en Maryland, frente al lago Anna, llamado Land’s end. Pequeños puertos con barquitas. Había estado de niño.

Sería tonto y bonito. Te iría a buscar un día y te llevaría allí, al fin del mundo. Quizá ya habías estado pero daba igual, sería algo muy tonto y bonito. Significativo.

Pensé en hacerlo varias veces desde aquel día en que se me ocurrió la idea, pero cada vez que lo pensaba me parecía demasiado tonto y demasiado significativo.

Nunca llegué a hacerlo.

8.-DE POR QUÉ ESPERABA QUE LA SITUACIÓN SE REPITIESE

La situación se repetía, los elementos cambiaban.

Cambiaba la ciudad, el nombre del hospital, el número de la habitación, la gravedad, el pronóstico.

Tú y yo cambiábamos las posiciones.

Uno en la cama, inconsciente, dormido o esperando. Otro hacía el recorrido difícil que cambiaba. Las calles para llegar, los indicadores, el parking, las preguntas y explicaciones en recepción: Soy su compañero, soy su médico, FBI. Luego el ascensor, los pasillos iluminados con fluorescentes, el último puesto de enfermería, la puerta y entrar.

Las miradas que se encuentran. O sólo una mirada esperando que otros ojos se abran.

Siempre había un chiste malo por mi parte, una sonrisa más o menos cansada por la tuya.

Yo solía llevarte algún regalo tonto comprado en el kiosko del hospital. A veces flores, siempre decía que robadas. Otro día tengo que contarte acerca de eso.

Tú me llevabas algo para leer, monedas para la tele, música.

Tras el chiste y la sonrisa, las manos cogidas o la mano apoyada levemente sobre el brazo, había una conversación sobre cómos y cuándos. Tú me explicabas mi estado, o tu estado, con voz tranquila. Luego nos mirábamos en silencio, a veces con rabia contenida por los motivos que nos habían llevado hasta ahí, a veces con culpa o perdón, a veces con la calma e incluso la felicidad de que no hubiese sido más.

Más tarde, llegaba la reflexión. Camino a casa, en el comedor del hospital, en la sala de descanso, frente a la máquina de café, o en el sillón para visitas.

No sé si tú lo pensarías cuando era yo el enfermo, pero yo lo pensaba siempre que tú estabas en una cama de hospital: Que esto vuelva a ocurrir, por favor, que se repita.

Que la próxima vez que ocurra algo tenga que ir a un hospital.

No sé si lo pensabas entonces, pero seguro que lo piensas ahora. Seguro que esperas la llamada de un hospital y te planteas que aquellas situaciones, tantas veces repetidas, no eran tan terribles.

No va a ser así esta vez, ¿verdad Scully? Quiero creerlo, quiero creer que abriré los ojos y estaré en una cama blanca, maquinitas haciendo bip, tú a mi lado, con lágrimas de felicidad, me relatarás calmada el estado de mis heridas. Deseo tanto creerlo que apenas soy capaz de imaginarlo.

No, hoy no funciona el truco.

Creo que no va a ser así esta vez. No lo va a ser, ¿verdad?

Lo siento Scully. Lo siento tanto…

9.-FANTASEABA CON SEXO SUCIO CONTRA PAREDES DE LADRILLO

Casi siento que debo disculparme por lo que te voy a contar.

Sí, ya sé que es ridículo. Déjame. La última vez que te hablé fue difícil y necesito que eso no ocurra ahora. Así que te voy a contar esta tontería, con o sin disculpas.

Te he contado otras fantasías que tenía contigo, no muchas. Tú menos, así que no puedes quejarte. Pero nunca te he contado la más habitual: Tú y yo en un callejón sin salida.

Siempre me ha hecho gracia eso de que las fantasías sean un poco como el cluedo: El mayordomo y la doncella, en la biblioteca, contra el estante de metafísica.

Vale, centrémonos. Nunca te he contado ésta porque creía que su interpretación (callejones sin salida) no decía mucho a mi favor.

No, nunca te lo he contado por cómo era: Sexo sucio contra paredes de ladrillo.

No recuerdo ni de lejos cuando lo imaginé por primera vez. Sí recuerdo que era de esas fantasías que solía tener cuando nos enfadábamos, seguro que antes incluso de desearte realmente. Típica, tópica liberación de tensión. Y puedes imaginar todos los tópicos porque creo que estaban todos.

Casi siempre empezaba con nosotros huyendo de algo muy malo. Entrábamos en un callejón lleno de cajas y cubos de basura, tuberías enormes y escaleras de incendios, y no nos dábamos cuenta de que no llegaba a ninguna parte casi hasta chocar contra la pared del fondo. Teníamos que escondernos.

Tú siempre estabas enfadada y quejándote de que te hubiese metido en esa situación. Así que te empujaba contra la pared, ocultándonos tras unas cajas, y te besaba para que no hablases. Un momento de resistencia que pasaba, pero la rabia se mantenía.

Sí, todos los tópicos, medias rompiéndose y botones de camisa saltando, tirabas de mí, te empujaba.

Siempre había un momento en que me separaba del todo, te daba tiempo, para que me lo pidieses. Y tú lo hacías. No llegabas a pronunciarlo, lo vocalizabas lentamente, separando las sílabas.

Sí, sé que nunca pronunciarías esa palabra: Ahí estaba la gracia. Apoyada contra la pared tirabas de mí, yo te sujetaba, me rodeabas con las piernas.

No, no me apetece contártelo en realidad. Simplemente eso, sexo sucio contra una pared de ladrillos.

Una fantasía rápida y brusca para ahogar la rabia.

No quiero contártelo. De todas las cosas que nunca te he dicho, probablemente la menos interesante y la más predecible. Sin embargo, pienso ahora que me gustaría saber de qué iban tus fantasías en esos casos. Las de “Te odio. Ruégame que te folle”. Seguro que tenías alguna, más imaginativa, llena de detalles.

Pero el caso es que no tengo fuerzas ahora para pensar en nada con rabia. Te estoy imaginando sentada junto a mí, una ceja levantada y una expresión entre la condescendencia y la censura. Sí, Scully, te digo, ése soy yo. Alguien que fantasea con sexo contra la pared y que se muere por oír tus fantasías sucias. Te imagino sonriendo, sonrrojándote y retirando la mirada.

No, venga, túmbate a mi lado y cuéntame algo bonito. Algo romántico y extremadamente femenino, con pétalos de rosa y playas de Tahití, aunque luego se vuelva oscuro cuando ya no pueda pensar.

Estoy demasiado cansado. Cuéntame algo tú.

10.-DE LO QUE NOS ESCRIBIMOS EN ZUMO DE LIMÓN

De pequeño, hubo una época en que me dio por escribir con zumo de limón. Lo saqué de uno de esos libros de “Cómo ser un pequeño espía”. Así que tenía un cuaderno en el que iba escribiendo mis investigaciones secretas sobre los grandes misterios del vecindario, con una pluma de ave mojada en zumo de limón. Luego, me escondía en el desván e iba pasando cerillas encendidas bajo las hojas para que apareciese el escrito.

La gracia del juego, por supuesto, estaba en esa parte. Apenas se entendía nada, es muy difícil escribir cuando no ves lo que estás escribiendo. Pero era emocionante esconderse para jugar con fuego.

Tú me recordabas aquello.

Tenía a veces la sensación de que nos estábamos escribiendo mensajes con zumo de limón. Importantes notas escritas con la torpeza de no saber exactamente qué se está diciendo, las cuales habría que leer después, todas juntas, para poder llegar a una conclusión sobre los hechos.

Ahí estaban, las frases a medias, las miradas mantenidas, los abrazos que duran un poco más de lo que las circunstancias requieren, detenerse en una puerta antes de entrar o salir a la espera no se sabe de qué.

Scully, es lo que tienen las notas escritas con limón: Es como si no hubiese nada ahí. Sólo, si acaso, pequeñas arrugas en el papel. Ahí está la cuestión, la idea que surge de poner la cerilla debajo para ver si aparece el mensaje sabiendo que, si la mantienes demasiado, el papel arderá y lo perderás para siempre sin haber podido leerlo.

Hay que tener cuidado, mantener la distancia correcta, aguantar el tiempo exacto, retirarla antes de que sea demasiado tarde.

Así me sentía a menudo, deseando prender la llama y temiendo el fuego.

~ por Angelik en diciembre 12, 2009.

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