[Fanfic] Los monstruos sabrán entenderlo III


Titulo:Los Monstruos sabrán entenderlo 3
Autor:Summerrain
E-Mail:summerraink@gmail.com
Rating:NR-13
Categoria:MSR
Spoilers:Per manum y varios leves hasta la séptima temporada.
Keywords:-
Summary:Este fic está inspirado en las palabras de la tabla 30 días de la comunidad 30vicios . Ninguna intención de apropiación y no gano dinero con esto.
Toda crítica será bienvenida.

Mulder, Scully y otros personajes nombrados no me pertenecen, son propiedad de Chris Carter, 1013 y Fox.

Los monstruos sabrán entenderlo 3

16.-TENÍAS RAZÓN, Y GRACIAS.
-Me parece perfecto que siempre tengas que tener la última palabra, Mulder. Me parece bien que siempre tengas que salirte con la tuya. Salvo cuando eso implica que sea la última palabra, para siempre, la tuya; y yo me quede sin poder decir otra jamás. Porque si hacemos eso vamos a morir, Mulder. Vamos a morir. Así que déjame decir mis últimas palabras: Por favor, no permitas que nos maten por nada.
-Saldré yo solo.
-Son veinte soldados armados y tienen miedo. Miedo. Primero dispararán y luego no preguntarán porque se les ha ordenado que disparen a todo lo que se mueva.
-He dicho que saldré solo.
Guardaste silencio un instante. Miraste a través de las ramas, a cien metros entre los árboles, la explanada con los restos de un OVNI, veinte soldados, iluminados en medio de la noche.
No me miraste al decirlo por segunda vez.
-Mulder, por favor, no permitas que nos maten.


-Iré yo.
-Mulder, sabes que no es así.
-Maldita seas, Scully. ¿Cómo puedes hacerme esto?
Sigo estando seguro de que había un extraterrestre en aquella caja.
Y sé que tú tenías razón, aunque nunca llegué a dártela.
Hemos llegado a tener discusiones sobre cuál es la peor discusión que hemos tenido. Para mí, desde aquella noche, siempre estuvo claro.
Nuestra peor discusión la tuvimos susurrando, escondidos tras un matorral en un bosque de Washington, ante los restos de lo que sería en las noticias del día siguiente un camión con residuos tóxicos.
Habíamos dejado el coche varios kilómetros atrás, después de que el ejército nos parase y nos contase el cuento de turno. Retrocedimos, lo escondimos entre los árboles, y seguimos avanzando. En ningún momento propusiste dar la vuelta, hasta que sonó el disparo. Disparar a todo lo que se mueva. Por suerte un animal se nos adelantó.
Mis últimas palabras en aquella discusión fueron esas: “Maldita seas, Scully. ¿Cómo puedes hacerme esto?”.
Nunca te pedí perdón por ello. Nunca llegué a darte la razón respecto a aquella noche.
Me dolió, me cabreé. Esa manía tuya de que a veces sólo seguía discutiendo por decir la última palabra. No era el caso pero debí darme cuenta de que no era lo importante en una situación así.
Recuerdo que incluso consideré egoísta que respondieses eso cuando hablé de salir solo. “Sabes que no es así”. Volviste a mirar, volviste a planteártelo. Si yo salía, tú no te ibas a quedar quieta, intentarías cubrirme. Pero no veías cómo podíamos salir vivos de allí. Mientras tú pensabas eso, yo sólo pensaba que no estabas dispuesta a arriesgarte.
Aquella fue una de las primeras veces que me salvaste la vida. Una de las veces en que no te di las gracias. Ni siquiera he llegado a darte nunca la razón. Quizá por eso la considero la peor discusión que tuvimos: Representa para mí lo ciego y lo hijo de puta que puedo llegar a ser.

17.- DE LOS RECUERDOS EN COMÚN
No recuerdo los porqués. Fue hace demasiado tiempo.
Caminábamos de noche por una calle estrecha en algún pueblo cerca del Pacífico, arrastrando las maletas. Yo estaba muy cansado. Tú ibas delante.
La imagen grabada, nítida en mi mente, como una foto fija: Tú caminas bajo el halo de una farola, pequeñas gotas de lluvia flotando en el aire, levantas la vista al cielo con una sonrisa, el abrigo negro meciéndose con tus movimientos. El sonido del viento. El olor a mar.
Te volviste.
-Eh, ¿qué pasa? Nos vamos a empapar si sigues tan lento.
Sonreías, como si no te importase.
-Estoy cansado y… no me apetece darme prisa. Se está bien en la calle, huele bien.
Soltaste la maleta en el suelo mojado, apuntaste calle adelante.
-Es el mar, está ahí mismo aunque no lo parezca. Hay un estuario donde acaba el río, por eso apenas se escucha. El agua fluye en dirección contraria cuando la marea sube.-Respondiste a la pregunta en mi mirada.-He estado aquí antes, de pequeña. No me había acordado hasta ahora. Merece la pena verlo, de verdad, deberíamos levantarnos temprano mañana y dar una vuelta antes de empezar.
¿Sabes ese punto en que estás tan cansado que ya no importa, cuando tu cuerpo ha entrado en una inercia en la que todo vale salvo detenerte, como si la idea de meterte en la cama fuera tan placentera que casi quieres retrasarlo para que lo sea aún más?
Pues no fue por eso.
-¿Por qué no vamos ahora?
-Mulder, es de noche, llueve, acabas de decir que estás cansado.
No era un no.
-¿Y qué?
Un par de calles desiertas más allá, nos apoyamos en la barandilla a ver el agua fluir tierra adentro. Me contaste algo sobre cómo era el pueblo, el aspecto que tenía todo aquello a la luz.
Apenas te escuché. Pensaba que, a partir de entonces, ése sería el pueblo donde estuviste una vez conmigo, una noche de lluvia en el año 93, mirando el agua.
Pensaba que estábamos compartiendo viaje y empezábamos a compartir recuerdos. Apenas te conocía aún, pero parecías una buena compañera de viaje. Empezábamos a ser parte de la vida del otro y esa idea me gustaba cada vez más.
Tu sonrisa parecía indicar que a ti también.

18.-DE UNA PÉRDIDA PERSONAL
Después de que me pidieses que fuese el padre de tu bebé, pasé una cantidad indecente de tiempo sentado en el sofá tratando de imaginar el rostro de un niño y de una niña con tus ojos, mi nariz, tu boca, mis labios, una altura media y graves problemas para decidir si había un monstruo en el armario o tenía una explicación racional que se oyesen ruidos dentro.
Después de pasar una cantidad indecente de tiempo pensando esa tontería, me di cuenta de que estaba evitando pensar en si quería. El choque de emoción que sentí me hizo decidir que tenía que tomármelo con calma, seguir evitando pensarlo.
Me pregunté por qué me lo habías pedido. El choque de emoción fue mayor.
Me tumbé y me quedé mirando el techo. Te vi sentada en el sofá o saliendo de la clínica. Saliendo de la clínica y haciendo el recorrido hasta tu casa, te sentabas en el sofá y la emoción por la posibilidad de tener un hijo se asentaba. Ya sabías que sí querías. La comprobación de que seguías queriendo ahora que era posible estaba hecha. Tenías que pensar en el padre, y entonces… ¿Había aparecido mi imagen en tu mente? ¿Había sido un “Conocido o anónimo” o un “Mulder u otro”? ¿Cuánto habías tardado en decidirlo? ¿Más o menos tiempo que en decidir cómo me lo dirías? ¿Qué elementos habías tenido en cuenta? ¿Por qué no podía preguntártelo?
Decidí que imaginar tus motivos para querer que fuese yo sería sólo imaginar. En lo que tenía que pensar no era en eso. Tú habías tomado tu decisión, seguro que bien pensada.
Después de pasar una cantidad indecente de tiempo pensando en ti pensando en mí, pensé en lo que había significado para mí la posibilidad de ser padre. De niño siempre asumí que tendría hijos, como todo el mundo, supongo. Luego tuve alguna que otra época de esas cargadas de nihilismo o como quieras llamarlo, en la que pensaba que era inmoral traer niños a este mundo. Cuando empezó a ser posible, ser padre tenía que ver con esperar de pie ante la puerta de un cuarto de baño el resultado de una prueba para acabar pensando que “Negativo” era la mejor de las palabras. En los últimos años habían sido sueños confusos, o sueños brillantes, con playas y castillos de arena. Sueños lejanos a una realidad en la que ese hecho era, (curiosa palabra), inconcebible.
Después de un par de minutos pensando eso, pensé que tenía que centrarme en la realidad y no en los sueños. Ahí empezó a doler y a ser…importante, bello a pesar del dolor. El tema no era tener un hijo, tampoco era tener un hijo contigo. El tema era darle la vuelta a lo que había significado poder llegar a ser padre.
El tema era que tú tuvieses un hijo que sería mío.
Centrado en el tema, las imágenes en mi mente diferían en sentimiento respecto a lo que sería en ti y lo que sería en mí.
Tú, desnuda en tu habitación, el vientre abultado, los pechos hinchados, mirabas hacia el espejo con una sonrisa. Yo, en una habitación enfermizamente pulcra, pensaba en Dios sabe qué, quizá ni siquiera en ti para que fuese más fácil, y eyaculaba en un vaso de plástico con cuidado de no salirme. Me dirigía con cara de circunstancias a un mostrador donde una enfermera de sonrisa profesional me daba las gracias y colocaba una pegatina.
Unos cuantos congeladores y tubos de ensayo después, tú estarías tumbada en una cama, nerviosa, sintiendo frío. Intentarías evitarlo pero te pondrías triste, porque no era así como tenían que ser las cosas. Tendría que ser tu cama y un hombre dentro de ti que te mira con los ojos entreabiertos y una sonrisa satisfecha, mientras piensas en cuánto le amas y que quizá ése es el instante preciso en que te estás quedando embarazada. Pero las enfermeras saben de qué va el rollo y sacan conversación, intentan mantenerte entretenida hablando de lo frío que ha sido el invierno. Quizá pensarías en mí un instante, en mí, congeladores y tubos de plástico, el padre de tu bebé.
En la siguiente imagen, tú llevabas ya camisas anchas y yo te cuidaba demasiado, me ponía pesado, vigilaba lo que comías. Tú te sentías agobiada y podía leer tu mente, “Maldita sea, Mulder, no hagas eso”. Me sentía dejado de lado en todo. Tenía que recordarme todos los días que era “tu” bebé mientras te miraba. Que de eso iba el tema desde el principio: Semen. Necesitabas semen y conocías mi historial familiar. No lo pensaba entonces, sólo pensaba que acabaría pensándolo y odiándote, y odiándome por odiarte.
La siguiente imagen era el pasillo de un hospital. Probablemente yo mismo te habría llevado en coche, el pie temblando sobre el acelerador. Querría entrar y no lo haría, hasta que me llamasen. Tú, con el bebé en brazos, arrugado y rojo, sonreías como nunca. Y yo sabría que había hecho bien. Lo cogería en brazos. Con tacto una enfermera o tu madre (tú te lo callarías), diría eso de “La cabeza, cuidado con la cabeza”. Entonces sabría, tendría ese sentimiento que se tiene cuando por fin “sabes” algo que siempre has pensado, que lo que menos me importaba de ese bebé era que tuviese mis genes. Era tu hijo y deseaba tratarle como a mí hijo, lo demás daba igual, hasta podría haber tenido los genes de otro, haber salido mágicamente del tubo de ensayo y lo que fuese. Y tendría tanto miedo que hasta sería capaz de sostenerle correctamente la cabeza para sorpresa de todas.
No había imágenes más allá. Eran tantas y se parecían tanto a los sueños que no las había.
A esas alturas, desde luego, tirado en mi sofá, medio llorando, la respuesta era sí. Como cuando sabes algo que ya sabías. Sí, me masturbaría, eyacularía sin salirme del vaso, sonreiría a la enfermera, me comportaría con extremo cuidado para no agobiarte, te apoyaría en todo y, ¿quién sabe?, quizá si no la jodíamos demasiado acabaría siendo algo así como un padre para tu hijo. Y sufriría bastante en todo el proceso.
Tampoco era cuestión de hacer una lista de pros y contras: era eso o nada. Era lo que quisieses permitirme, o nada y fallarte. Decisión tomada.
No funcionó. “Negativo”, la peor de las palabras.

Pasaron meses antes de que tuvieses el valor para preguntarme. Lo dijiste así: “He necesitado meses para tener el valor para preguntarte”, si me había afectado personalmente. Si, por tu causa, por habérmelo pedido, había acabado sintiendo aquello como una pérdida personal. Contesté que lo que verdaderamente lamentaba era tu pérdida. Insististe un poco, no supe qué más decir.
¿Qué quieres que te diga, Scully? No, no fue responsabilidad tuya por pedírmelo. Lo cierto es que creo que hubiese sido una pérdida personal de cualquier modo. Y que lo que más lamento es tu pérdida.
Un abrazo.
Hablamos…

19.-DE UNA CITA CONTIGO
Te sonará siniestro, pero fue casi como tener una cita contigo.
Yo al menos me lo pasé bien.
Faltó comida y bebida.
-Eh, Mulder. Tengo una chocolatina en el bolso. ¿No es genial?
Quizá velas.
-Ahora mi linterna apunta a un gato dorado con los ojos verdes. Ahora mi linterna apunta a un jarrón con letras chinas. Ahora mi linterna apunta a…
-Baja la linterna, Scully, y dime qué llevas puesto.
-Ahora mi linterna apunta a una navaja estilo pirata que me guardo para cuando salga.
Buena música.
-¡Sirenas! ¿Eso son sirenas? Por Dios Mulder, dime que no son sirenas. Dime que no nos van a pillar en esta situación.
Un ambiente agradable en las mesas de alrededor.
-¡Muldeeeerrrr! ¡Cucarachas! Hay cucarachas y creo que ratas también. Mulder sácame de aquí.
-Scully, las ratas tienen muy mala fama, pero son muy inteligentes. Y me han contado que las cucarachas son extremadamente limpias. ¿Te acuerdas de aquel caso? Al parecer se limpian después de entrar en contacto con un humano.
Murmuraste entonces algo que no pude entender.
-¿Qué has dicho?
-Que admiro tu disposición a hacerte amigo de cualquier bicho viviente.
-Eso ha sido muy grosero por tu parte, Scully.
Temperatura óptima en un local climatizado.
-Me muero de frío, me muero de frío, me muero de frío.
-El frío es un estado mental, Scully. Imagina que estás en una playa de California. Tumbada en la arena con un bikini…rojo, el sol te está quemando. No puedes soportarlo. Corres hacia el agua.
-¿Te callas tu maldita fantasía de Los vigilantes de la playa, por favor?
-¿Sabes si es cierto eso de que flotan si…?
-¡Mulder!
No hubo beso en el portal. La cosa fue a mayores y subiste a tomarte una copa a mi habitación. Vale, igual era sopa de verduras de sobre que olía a ajo.
Faltaron muchas cosas, pero la conversación fue agradable y creo que conectamos. O que, si no hubiésemos estado conectados de sobra ya, hubiésemos conectado.
Lástima de pared separándonos.
En el almacén no había archivos secretos de la CIA sobre vida extraterrestre.
-Mulder, aquí sólo hay antiguallas. Ni un archivo. Quizá el arca de la alianza. ¡Dios, qué de cosas! Pero ni un archivo.
-¿Pero está el arca de la alianza o no?
-Junto a la caja de Pandora, no te…
No fue tan buena idea como parecía que te colases por un pequeño agujero en la pared. Parecía tan buena idea, ¿verdad? Hasta a ti te parecía buena idea.
-¡Te dije que no era una buena idea, Mulder! Pero, ¿por qué nunca me haces caso? Pero, ¿por qué siempre te hago caso?
-No lo sé, Scully,…¿quién se iba a imaginar que…?
Y, sin duda, fue muy mala idea que no esperases a acostumbrarte a la falta de luz antes de empezar a moverte dentro.
-¿Qué ves?
-Espera, casi no veo. Se me ha apagado la linterna.
-Date prisa, Scully, nos pueden pillar.
-Espera. Ahora la he encendido, pero no veo bien. Hay una especie de…
No sonó bien. Sonó muy mal. Vi el polvo salir del agujero por el que habías entrado. El famoso peor momento de la noche.
-¡Scully!
-Estoy bien. Estoy bien. ¿Has visto eso que ha caído tapando el agujero?
-¿Te ha caído encima?
-La buena noticia es que no. La mala…todo lo demás.
Veinte cajas, las contaste. Veinte cajas cayendo, abriéndose y esparciendo papeles sin ninguna información relevante, de forma que tapaban el agujero y casi una noche entera para que pudieses retirarlo todo y volver a salir.
-Háblame
-¿De qué?
-De lo que sea, Mulder. Es sólo para oír tu voz.
El tono de obviedad con que lo dijiste…
Así que te hablé.
Y me di cuenta aquella noche, de que casi cualquier cosa podía ser divertida contigo. Parecías tan seria, te cabreabas tanto, pero podías pasarte una noche, retirando cajas para salir de un almacén en el que había sido idea mía que entrases, riéndote de la situación.
No era momento de decírtelo, pero me lo pasé muy bien.

20.-ESA VEZ NO, SCULLY
Puedo sentir aún aquel abrazo, físicamente, punto por punto. Tus manos en mis brazos, tu frente sobre mi hombro, nada más.
No fue un abrazo, porque yo no te abracé.
Habían incendiado el despacho. Yo me quedé de pie, estático, sin poder pensar en qué venía después. No qué haríamos a partir de entonces, dónde acabaríamos, qué iba a ser de los expedientes x. Ni siquiera podía pensar en el próximo movimiento que haría. No podía pensar en nada. Sólo ver cenizas y agua, todo el esfuerzo eran cenizas, y sentir que debía permanecer ahí mirando, como en duelo.
Tú te acercaste despacio, tus manos en mis brazos, tu rostro en mi hombro izquierdo, apenas más. No te abracé.
No te sentía.
Sé que en algún momento me cogiste de la mano y tiraste de mí. Me llevaste a casa, subiste conmigo. Nos sentamos en el sofá y pusiste la mano en mi rodilla.
No sé si habías hablado antes. Supongo. No lo recuerdo.
-Mulder… Primero, estoy aquí y estoy contigo en esto. Lo…superaremos. Los discos duros quizá puedan recuperarse y tú tienes copias de casi todo en casa. Yo guardo bastantes informes en mi ordenador. Sé lo terrible que parece ahora pero estamos juntos y podremos con ello.
Cogí tu mano sólo para retirarla. Pensé en decirte que te fueses, pero implicaba un esfuerzo, probablemente una discusión sobre mi estado de shock y cosas así. Sólo cogí tu mano en mi rodilla, la apreté y la puse sobre la tuya.
-Esta vez no Scully.
Todo el mundo tiene sus palabras mágicas, sus refugios escondidos, sus imágenes para llamar al sueño, sus fantasías para no pensar. Cuando hay mucha suerte, su persona a la que mirar a los ojos que le dirá un “Esto pasará”. Pensé que era un tipo con suerte, pero no fui capaz de mirarte. Esa vez no.
-Mulder, mírame.
-Vete a casa Scully.
No quería dejarte ver que las palabras mágicas, “Estamos juntos en esto”, podían no funcionar.
Esa vez no Scully.

~ por Angelik en diciembre 20, 2009.

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