[Fanfic] Los monstruos sabrán entenderlo IV


Titulo:Los Monstruos sabrán entenderlo 4
Autor:Summerrain
E-Mail:summerraink@gmail.com
Rating:NR-13
Categoria:MSR
Spoilers:Per manum y varios leves hasta la séptima temporada.
Keywords:-
Summary:Este fic está inspirado en las palabras de la tabla 30 días de la comunidad 30vicios . Ninguna intención de apropiación y no gano dinero con esto.
Toda crítica será bienvenida.

Los monstruos sabrán entenderlo 4
Mulder, Scully y otros personajes nombrados no me pertenecen, son propiedad de Chris Carter, 1013 y Fox. Este fic está inspirado en las palabras de la tabla 30 días de la comunidad  30vicios . Ninguna intención de apropiación y no gano dinero con esto.
Spoilers de Per manum y varios leves hasta la séptima temporada.
NR-13
Toda crítica será bienvenida.

21.-DE ESA MENTIRA TAN TUYA
Aunque no lo parezca, siete años juntos dan para muchas situaciones en las que simplemente deseas… matar a una persona. De acuerdo, dejémoslo en mandarla a la mierda.
Sé que me ganas en esa sensación, como sabes que siempre he querido tu bienestar físico y emocional, así como tenerte cerca. Pero hay dos frases, maldita sea son sólo dos, pero hay dos frases que jamás he soportado en ti.
Una tiene su excusa e incluso sus motivos: Tu “Pues no, no me lo parece” cuando te preguntaba algo obvio sobre un caso. Entiendo que, tal y como me has dicho muchas veces, en ocasiones es mejor poner límites a mi entusiasmo. Pero si alguien te dice “Mira, Scully, es un ser de un metro de altura, gris, con ojos inmensos, sin nariz, con una pequeña abertura sin labios en lugar de boca, brazos hiperdesarrollados, sin sexo, con dos antenas y un cartel en el pecho que dice “Saludos, habitantes de la tierra, soy un extraterrestre”, ¿no crees que es un extraterrestre?” La respuesta correcta no es encogerse de hombros y decir, “Pues no, no me lo parece. Existe una enfermedad llamada megalostroscasiestosomasitis que provoca esos rasgos.”
No lo es. De verdad. Pero ya no voy a discutir eso contigo a estas alturas. Para empezar, a estas alturas ni sueñes que voy a discutir contigo que existen los extraterrestres. Encima, si salgo de esta, seguro que no lo recuerdo y nos reímos un montón discutiendo sobre ello. ¡Qué mas quisiera! Pero no es el caso ahora.
El caso es que la otra frase no tiene excusa y nunca, mira que lo he intentado pero nunca, he logrado entender del todo tus motivos: “Estoy bien, Mulder”.


No puedes hacerte una idea de lo frustrante que puede llegar a ser que una persona te responda siempre que está bien.
No estabas bien, Scully. Ninguna de esas veces, todas esas veces, tantas en las que sabes que me mentiste. Sí, eso es mentir. Es mentir queriendo y porque sí. Quizá no te hayan explicado esto pero, después de pasar años junto a una persona a la que le importas, si esa persona te pregunta que cómo estás no espera que le respondas que muy bien, gracias, bonito día ¿verdad? Pero si se lo respondes las suficientes veces en medio de una tormenta, esa persona empieza a tener la sensación de que le estás mintiendo a propósito y porque le consideras tan imbécil como para no darse cuenta de que el día no tiene nada de bonito.
Sentía que no confiabas en mí, Scully. Así. Sentía que pensabas que no me importabas lo suficiente, que no podía ver más allá del trabajo y que no quería ver cuánto te afectaban algunas cosas. Y no era así. Sé que llegué a ser cruel a veces, a forzarte a seguir cuando estabas cansada, enferma, deprimida, hecha polvo. Y estoy seguro, no te lo voy a negar, de que en ocasiones no supe darme cuenta de que lo estabas pasando mal. Pero te juro que a veces lo hacía a propósito para ver si así eras capaz de romper el maldito muro de contención que tenías. Sé incluso que… llegaste a ir a la psicóloga del FBI y a mí no me contabas nada. Sentía que no confiabas en mí, porque no se confía en alguien a quien no te sientes capaz de decirle cómo te sientes.
Lo peor de decir siempre “Estoy bien” es lo mismo que con todas las frases repetidas: llega un momento en que no te las crees, aunque sean verdad. Llegó un momento en que ya no te creía, bastaba que me lo dijeses para no creerlo.
Resulta ridículo desde mi posición, pero en estos momentos no puedo sacarme de la cabeza que la última vez que te vi no estabas bien. No lo estabas.
De nada sirve ahora pensar en todo esto, de nada sirve nada, nada importa lo mal que me hiciste sentir por esa frase. Me gustaría oírtela y poder creérmela…
Me gustaría oírte. Me gustaría…poder saberlo.
Espero que tú estés bien.
22.-EN EL SILENCIO
El silencio aquí es demasiado real, es sólido, es como si se te introdujese por los oídos, hace daño…
No, ni una palabra. A ello.
Tú siempre te quejabas de que no había silencio conmigo.
Estaba el silencio del despacho. Tú al otro lado de la mesa, un lápiz en la mano, la cabeza inclinada sobre un informe, frunciendo el ceño, retirando la mirada pensativa, moviendo los labios en alguna reflexión. Yo dejaba de mirarte y volvía a leer. Al cabo de un rato me sobresaltaba un “Mulder, para”. Entonces me daba cuenta de que estaba golpeando el pie contra el suelo, chasqueando los dedos, comiendo pipas, tamborileando sobre la mesa. Haciendo ruido.
A ti te gusta el silencio.
Estaba el silencio del coche. Sólo el motor, a veces viento y lluvia. Cuando la radio nos había aburrido y habías jurado matar al cantante si volvías a escuchar esa canción, cuando no había más que decir sobre un caso, cuando habíamos decidido que al menos uno durmiese. Me recostaba y miraba tus manos en el volante, tus piernas moverse contra los pedales. O volvía la vista hacia ti cada rato, si iba conduciendo, comprobando sin saber por qué si te habías quedado ya dormida. Alguna vez me encontraba tu mirada cansada. “Sí, Mulder, sigo despierta. Estaré despierta mientras no pares de tararear esa maldita canción”.
Me gustaba el silencio contigo. Creo que tardé en darme cuenta de cuánto me gustaba y, cuando me di cuenta, me ponía nervioso que me gustase. Quizá por eso, inconscientemente, seguía metiendo ruido. O quizá tan sólo me cuesta estarme quieto.
En parte, porque el silencio acabó estando lleno de sentimientos que no se podían callar en el silencio. Nos dijimos muchas cosas en silencio, nos acostumbramos a hablar así.
Y, en el silencio, yo me escuchaba diciéndote “Quiero tocarte”. Maldito el momento en que dejé que se formasen esas palabras por primera vez. Acabaron siendo una canción que no tarareaba en alto para no molestar: “Quiero tocarte, quiero tocarte, quiero tocarte”, una canción de las malas que se te metían en la cabeza y te ponían nerviosa. Decías “No soporto esa música medio disco de estribillo repetido a grito pelado siempre diciendo lo mismo. ¡Que se busquen un motel!” Tú y yo íbamos camino de un motel mientras en la radio un tipo repetía “Me gusta cómo eres-Me gusta como eres”, y hubo algo parecido a un silencio incómodo. Mientras yo, tontamente excitado por mi canción, repetía “Quiero tocarte, quiero tocarte, quiero sostenerte entre mis brazos, quiero besarte, quiero y quiero y quiero. Quiero desnudarte, quiero acariciarte, quiero meter la mano entre tus piernas y quiero…”
A veces era una odisea salir del coche sin perder la dignidad.
Pero no, Scully, en serio: había mejores canciones en el silencio. Algunas te las dejaba escuchar, ojos a través. Y cada estrofa era distinta, cada vez era distinto.

23.-NUNCA ES BUEN MOMENTO, ¿VERDAD?
Cuando tuvimos que fingir estar casados para resolver un caso, me divertí tanto que llegaste a darme pena los primeros días. Después de aquella discusión, era yo quien me daba pena. Al final, los dos dábamos un poco de pena.
Había que hablar con los vecinos, había que ir a cenar con los vecinos y había que fingir que estábamos casados delante de los vecinos. Así que yo te cogía de la cintura, te daba besos, te llamaba cariño, te cogía la mano, te miraba con amor desmedido, te acariciaba la espalda. Tú sonreías y te escurrías. Yo volvía al ataque.
Me divertía a tu costa, sí, pero hubiese actuado igual si tú hubieses fingido como yo, si hubieses llevado tu imitación de matrimonio en sociedad un paso más allá del brazo en la cintura con distancia medida. Era lo que teníamos que hacer y no era para tanto. No era como para sentirnos incómodos.
Te puedo reconocer que me puse pesado con los chistes cuando estábamos solos, que si dónde acabaría nuestro matrimonio si dormíamos en habitaciones separadas, que si la pasión se había acabado. Pero no lo vi venir. Tú me ignorabas, no parecías particularmente molesta.
Hasta que una noche hice aquello, y saltaste, y todo saltó.
Lo que me molesta de aquello, o me molestaba…o me sigue molestando en parte por todo el tiempo perdido, quizá tiempo perdido es decir demasiado pero cosas perdidas en aquella época, es que yo me sentía cómodo con aquello. Sinceramente, no te entendía. Quizá debí pararme a pensar antes en que no te entendía en lugar de mofarme de ti forzando las situaciones, eso te lo concedo. Pero el caso no requería que nos acostásemos precisamente, sólo eran muestras de cariño y llevábamos años juntos, nos teníamos cariño. Ya nos habíamos abrazado, muchas veces de hecho, nos habíamos acariciado, nos habíamos dado besos con bastante más sentimiento del que teníamos que fingir. No me parecía para tanto. Es sólo que para mí era una situación cómoda, ponerte el brazo sobre los hombros, achucharte y darte un beso en la mejilla, bueno, ¿y qué? Todo eso me parecía bastante normal entre nosotros, quizá no habitual, pero sí normal.
El caso es que aquella noche no había que fingir nada y yo hice aquello. Estabas de espaldas preparando café, me reí para mis adentros, me acerqué, puse las manos en tu cintura y me incliné para darte un beso en la mejilla. Iba a decirte un exageradísimo “¿Qué haces, mi amor?” pero ni me dio tiempo. No sé qué te ocurrió, apenas te estaba rozando siquiera.
-¡Basta ya, Mulder!
Me separé, esperando que te volvieses. Te juro que por un momento pensé que ibas a abofetearme. Ni te moviste.
-Scully, sólo bromeaba. No es para tanto, creo.
-Pues deja de bromear.
Seguías sin moverte, las manos crispadas en el borde de la encimera. Hubiese sido fácil preguntarte cuál era el problema, el de verdad, pero me estabas dando miedo.
-Tenemos que fingir que estamos casados, -dijiste bajando el tono hasta que casi ni te oía,-pues muy bien, lo fingimos. Sólo te pido que me dejes en paz cuando estemos solos.
“Que me dejes en paz.” Aquello sonó demasiado mal.
-¿Perdona?
Te volviste, con rabia pero sin fuerzas para sostener esa rabia, apenas podías mantenerme la mirada.
-Sólo digo que dejes las bromas y todo lo demás cuando no sea necesario por el caso, ¿de acuerdo? Porque estás empezando a ponerme nerviosa.
“Estás empezando a ponerme nerviosa.” Demasiado ofendido para pensar en segundas lecturas. Diré a mi favor que, sintieses lo que sintieses, lo que querías que yo entendiese era justo lo que entendí.
-¡¿Perdona?!
-No hace falta que me toques tanto.
Aún… Si pudiese te juro que aún te odiaría por hacerme pasar por aquello. Te lo juro.
Diste un par de pasos hacia la puerta, te sujeté por la muñeca, me miraste con la misma rabia sin fuerzas, te solté.
-Scully, espero que no estés insinuando lo que creo que estás insinuando porque si a estas alturas no me conoces lo suficiente para saber que jamás, jamás, haría algo así tenemos un problema pero de los gordos.
-No tenemos ese problema,-murmuraste. Era una oferta de paz y quizá incluso de conversación más útil que la que estábamos teniendo, pero no lo supe ver.
-Más vale porque créeme que si quisiera tocarte, te tocaría, si quisiera besarte, te besaría y aceptaría la respuesta que dieses. Ni de lejos necesitaría ni utilizaría un puto caso como escusa para hacerlo.
-Tampoco estaba diciendo eso, sólo que me pones nerviosa.
-Más vale.
-Pues vale.
Estuvimos evitándonos un par de horas. Luego nos pusimos a trabajar como si nada hubiese ocurrido. Tardé unas cuantas horas más, hasta que me quedé solo, en quitarme de encima el rol de ofendido y pararme a pensar. En la otra opción. En el otro motivo por el que una persona puede rechazar y ponerse nerviosa ante las muestras de cariño. En que las únicas palabras que dijiste verdaderamente calmada en aquella discusión habían sido “No tenemos ese problema”.
Ya, teníamos otro.
Sigo creyendo que sí querías decir lo que entendí, pero eso era sólo lo que estabas diciendo, demasiado nerviosa, no lo que estabas pensando. Estabas pensando en el otro problema.
Caminar sobre el límite sin cruzarlo es algo que saca de quicio a cualquiera. Quise entonces… No sé. Quise levantarme del sofá, ir hasta tu habitación, sentarme junto a ti en la cama y hablarte. O besarte y esperar respuesta. Tuve más claro de lo que lo había tenido nunca antes cuál seria.
El problema cuando llevas demasiado tiempo caminando sobre el límite es que nunca parece un buen momento para cruzarlo.
¿Verdad?

24.-NUNCA ME CANSARÍA
Uno tras otro, los coches, los pueblos, las señales, las nubes, los baches, las canciones en la radio, las gasolineras, los bares de carretera.
Una tras otra, las habitaciones de motel, las camas demasiado duras, demasiado blandas, los sillones incómodos, los escritorios pequeños, el “Trae otra silla de tu habitación”, “Pásame ese informe”, “Es tarde -Sólo un rato más, estoy a punto de verlo”, tu cabeza cayendo teatralmente sobre la mesa, las salidas a la máquina de refrescos, los cafés que se quedan fríos, “No tires los lápices a la cama, Mulder, luego siempre se te olvida alguno y me los pincho”, pizza o hamburguesa, “Mañana va a llover”, “Sé lo que estás pensando, y no”, “Scully, ¿te has quedado dormida?”, “Que no, que te estaba escuchando”.
Sólo habías cerrado los ojos porque te escocían.
Una tras otra, las mañanas en el despacho, “Mulder, súbete a la mesa a por lápices”, “Skinner va a llamar en menos de cinco minutos, puedo leer su mente desde aquí”, “Que yo no firmo este informe”, “El café se ha quedado frío”, “¿Dormiste mal anoche?”, “Te acuerdas de aquel caso, cuando aún no habías nacido…”, “Vampiro, dos puntos, personaje típico de la ¡literatura fantástica! Que…”, “Vale, no lo llames vampiro, llámalo persona con colmillos hiperdesarrollados que bebe sangre y gusta de dormir en ataúdes”, “No sé qué escribir, no sé qué escribir. Quiero un traslado”, “¿Por qué iba a decir eso el testigo si no fuese porque…?”, “El testigo estaba drogado, tú estabas drogado. Y yo quiero probar lo que tomasteis.”, “Scully, por favoooor”, “Mulder. Por. Favor”.
Uno tras otro, los testigos, los sheriffs malhumorados, la policía pidiendo credenciales, las sombras que se mueven, las luces en el cielo, las oficinas en que nos dejan un escritorio minúsculo y nos dan una bombilla para la lámpara rota, las casas que miras durante horas hasta que sus ventanas parecen moverse, los amaneceres en cafeterías mugrientas, camareras que se esfuerzan en sonreír, como si pensasen que nuestra noche fue aún peor que la suya.
Una tras otra, las noches en tu casa, cervezas y pizza, películas viejas, conversaciones sobre nada, los pies sobre la mesa, tu risa…, las cejas levantadas, Cary Grant o Gregory Peck, la serie B está infravalorada, mirar tu vacío en el sofá cuando te levantas a coger el teléfono y sonreír, los cuadros de colores suaves y bien combinados, tu olor en todas partes…
Uno tras otro, los abrazos porque algo es demasiado para poder evitar el abrazo, los abrazos buscados, tus ojos en mis ojos, las palabras que no salen, las lágrimas besadas, los besos con cuidado de no decir más de la cuenta, labios: zona prohibida, las discusiones sobre cuánto te has arriesgado que podrían acabar, si hubiese valor, con un “porque te quiero, imbécil”. Luego…tu mirada, tu sonrisa en la cama, el sabor de tu cuello, gemidos, uno tras otro, besos, sin zonas prohibidas, lamer, una vez tras otra, miradas en silencio, decirte despacio al oído: Quiero verlo, uno tras otro.
Nunca. Nunca. Nunca me cansaría de tenerte cerca.

25.-DE UN EXTRAÑO SENTIMIENTO DE COMPAÑERISMO
No sé cómo contarte esto.
Tengo la sensación de que sonará a cosas que no son. Quizá sórdido, patético o, peor aún, condescendiente. No sé cuándo empezó, ni siquiera si en algún momento lo evité. Pasó de idea peregrina a sentimiento habitual, sin que supiese cómo. No veo los cuándos, sólo el dónde: La puerta de comunicación entre habitaciones de hotel. Ése es el icono de un sentimiento extraño.
Veo los elementos de los que surgía: Las horas juntos, los años juntos, diría incluso que el compañerismo. Claro que no creo que el común de los agentes del FBI se sientan así respecto a sus compañeros: Eso sí que suena sórdido…
No, no hay manera de que suene bien, dudo que pueda hacerlo comprensible tal y como yo lo veía.
No hay forma correcta de empezar. Sólo… te lo cuento, Scully.
Verás, tú y yo no hablábamos de sexo. Y sí hablábamos. Hablábamos de sexo respecto a los casos, hablábamos de las noticias que hablaban de sexo, de los chistes sobre sexo en la radio, de los tópicos del porno. Hablábamos de sexo como un elemento abstracto, un sujeto de estudio, algo ajeno.
Hasta que ocurrió entre nosotros, nunca hablamos de sexo como algo que forma parte de la vida. Como algo personal. Algo que se puede echar en falta.
Después de unos años, teníamos un nivel de intimidad en el que cualquier tema personal salía de vez en cuando en una conversación, aún sin buscarlo, eran cosas que surgían. Casi cualquier problema, casi cualquier carencia. Salvo la falta de sexo.
Y ahí estaba yo, tumbado en la cama de cualquier motel, mirando la puerta de comunicación y pensando en ti al otro lado.
Tanto contacto, tanta intimidad… las cosas que se callan se ven a través. De hecho, la mayor parte de las cosas personales que sabía sobre ti era porque las veía a través de tus palabras, tus gestos, aunque no las dijeses exactamente.
Creía saber incluso cuándo había sido la última vez que habías tenido sexo. No una gran experiencia, al menos en lo que a consecuencias se refiere.
Así que sabía desde cuando no. Menos tiempo que yo, pero demasiado.
Sabía, sencillamente, que tenías que echarlo en falta.
Al otro lado de la puerta.
No es tan simple como parece. No lo es.
Es que… me preguntaba cómo te las arreglabas al respecto. No lo obvio, por supuesto, sino algo así como cómo te sentías, cómo debías sentirte.
Y la respuesta siempre era que igual que yo. Al otro lado de la puerta, siempre abierta por si ocurría algo, en la que colgaba un inmenso cartel de Prohibido. Al fin y al cabo, la puerta estaba abierta porque existía ese cartel, porque no se podía cruzar sin un motivo.
Pero no hablo de eso, aún no.
No pensaba en ello, no pensaba en ti pensando en sexo, echándolo de menos, cuando estábamos en Washington. Eran los hoteles y moteles, eran esas puertas, eran los ruidos en las otras habitaciones, las colchas con olor a lejía. La idea de que estabas sola en una habitación desconocida sin nada a lo que aferrarte, nada cercano.
Así que yo, tumbado en la cama, miraba la puerta y pensaba que quizá aún no podías dormirte y estabas pensando en ello, echándolo de menos. La solución obvia no servía porque no era de eso de lo que se trataba. Pensaba que quizá lo hacías y sí, cumplía su función, pero luego era peor: Te hacía sentir con más fuerza cuánto lo echabas de menos.
Te imaginaba entonces imaginando un beso lento. Abrazaba la almohada y creía saber exactamente cómo te sentías.
No llegaba a deseo, lo llegó a haber, lo hubo en ocasiones antes de llegarlo a haber, pero era pura comprensión, empatía. Casi compañerismo. Por extraño que resulte, es lo que sentía.
Entonces pensaba en el cartel de Prohibido sobre la puerta cerrada sin llave. En lo fácil que parecía, lo fácil que debería ser y que no era. Quería que no lo echases de menos como yo. En serio que me hubiese alegrado (quizá no del todo, pero me hubiese alegrado) si alguna vez hubiese oído un hombre en tu habitación, si hubiese sabido, leyendo entre líneas, que te habías acostado con alguien. Pero no ocurría. Pasaba el tiempo, seguía sin ocurrir, y estaba la puerta y yo mirándola, pensando en lo fácil que debería ser y no era.
Sintiendo que te sentías igual que yo. Tan fácil. Cruzar la puerta, caminar hasta tu cama, sacudirte el hombro un poco. “Eh, Scully, vengo a besarte lentamente y todo lo demás. Lo haré lo mejor que pueda. No me mires así. Tú quieres sexo, yo también, estamos físicamente capacitados…Venga”.
Y es por esto que existen las señales de prohibición: para que la gente no se joda la vida. En fin.

Por supuesto que me alegro de haber esperado a tener mejores motivos, de que llegase a haberlos, de que cuando ocurrió fuese deseo y…hubiese todo lo que había. No suplir una carencia sino…colocar todos los sentimientos en un lugar y darles forma. Gran diferencia.
Pero lo cierto es que por un tiempo me llegué a plantear seriamente acostarme contigo sólo por eso: Por el sentimiento de empatía. Y no es patético, sórdido ni condescendiente… de verdad.
Sólo era un extraño sentimiento de compañerismo.

~ por Angelik en diciembre 21, 2009.

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